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22 maratones y contando: Rafael Gómez de Parada cruza la meta en la Maratón de Gante

BÉLGICA

22 maratones y contando: Rafael Gómez de Parada cruza la meta en la Maratón de Gante

La cerveza Leffe es una de las más famosas de Bélgica. Tiene una graduación más elevada de lo habitual en España y en mi variedad favorita, la Blonde, presenta (según ese Book of Beers presente en casi todas las cervecerías de Gante y Bruselas) “un hermoso tono dorado brillante, cristalino y con reflejos cálidos que capturan la luz”.

Espera, espera —me interrumpe Coral— ¿no ibas a enviarme una crónica sobre tu maratón en Gante? 
En eso estoy, amiga, es por poner un contexto que pueda resultar más apetecible al lector. Ahora me pongo con ello. 

Marzo de 2026, Gante, 7.45 de la mañana. Me dirijo a la salida del maratón, situada unos cuatro kilómetros a las afueras de la ciudad. La mañana presenta un hermoso tono dorado brillante, y al cruzar el río Lys, advierto esos reflejos cálidos y cristalinos que capturan la luz del amanecer.

La Leffe Brune es una cerveza más oscura, “de color castaño intenso, con tono rojizo y una espuma fina, pero más densa y persistente”. 
 
Desde distintos puntos de la ciudad aparecemos centenares de corredores de distintas nacionalidades. Trotando, andando, de buen humor, todos de camino hacia esa salida al otro lado del río Escalda, el otro río que atraviesa la ciudad. Las hojas de los árboles presentan un color castaño intenso, rojizos en algunas copas, y sobre el río Escalda aparece una espuma fina y persistente. 

—Escalda-dos vamos a acabar si no nos hemos preparado bien los meses previos.

Por suerte, los que hemos pasado largas jornadas de entrenamiento con el grupo del Club Deportivo de las mañanas (“los zumbaos de las 7.30”, sí, esos) tenemos la base suficiente para enfrentarnos a los 42 kilómetros que están por venir. Siempre agradeceré los sabios consejos de los entrenadores (Clara, Pablo, Álex y Fernando), no tanto que nos pongan a hacer cuestas o cambios de ritmo a esas horas en las que el cuerpo pide un entrenamiento más light (tranquilos, que de cervezas light no voy a hablar). 
 
Busqué mi cajón en la salida y a eso de las 9 arrancamos con concentración y a un paso cómodo, a 5.30 min/km., “hasta donde lleguen las piernas”.

La Gouden Carolus Classic es una de las cervezas más famosas de la zona. De alta graduación (8,5 grados), es una cerveza “intensa, potente y equilibrada” según el libro, sea lo que sea lo que quiera decir “equilibrada” en una cerveza. Yo soy más partidario de la Gouden Carolus Tripel, creada en una abadía de Mechelen.

En los primeros kilómetros vamos con un ritmo intenso, potente y equilibrado, sin apenas graduación de pendiente (0,5 grados en su punto máximo) y atravesamos el casco histórico de la ciudad, la parte más visitada por los abundantes turistas. Pasamos junto a la iglesia de Sant Michel, el puente de Sant Michel (no tuvieron el detalle de una San Miguel en el avituallamiento), la iglesia de Sant Niklaas y el ayuntamiento. Gante es una maravilla de ciudad en esta zona, la cuna de nuestro Carlos I (apenas V de Alemania), el Karolus al que homenajean algunas marcas de cerveza.
 
Todo va según lo previsto en la primera hora de carrera y es en esos momentos cuando abandonamos la parte más histórica y nos dirigimos al sur de la ciudad tras atravesar los antiguos muelles. La parte sur de la ciudad está repleta de parques, zonas ajardinadas y salimos hacia las granjas y los campos de cereales cercanos, junto a canales y zonas más pantanosas. La cultura cervecera flamenca tiene una larga tradición histórica. Hace cinco siglos, debido a la poca calidad de las aguas y para evitar la propagación de enfermedades, la cerveza era considerada como un alimento y era consumida en grandes cantidades por todos sus habitantes, niños incluidos. Elaboraban cerveza con cebada, trigo, avena, centeno y, en épocas más modernas, hasta con frambuesa o melocotón. Hay gente para todo, no me extraña que los españoles los invadieran hace siglos.

Andaba yo en estos pensamientos cuando pasamos el medio maratón, en mi caso al ritmo previsto de 1h. 56 min. Delirium Tremens es una de las marcas de cerveza más populares del país y produce variedades de lo más diverso. La segunda parte de un maratón es la que te lleva al “delirium tremens” si todo va bien, o simplemente al “delirium” si las piernas comienzan a fallar. Estoy seguro de que habría caído en esto último de haber probado esa cerveza de melocotón que me ofrecieron en el Delirium village de Bruselas, una callejuela entera con más de 1.000 variedades de cerveza.
 
Del kilómetro 25 al 30 nos mantuvimos por las afueras de la ciudad, bordeando canales y atravesando un animado barrio residencial. Debido a todos estos experimentos con la cerveza que se hacían en distintos sitios, cerca de Múnich se acabó aprobando la llamada Ley de la Pureza de 1516, con la que definieron el modo de elaborar cerveza a partir de esa fecha. No será un madridista como yo el que aplauda la decisión de los muniqueses en una semana como esta, pero sí reconozco que la Ley de la Dureza del maratón de 2026 indica que es a partir de ese kilómetro 32 cuando todo se pone crudo, cuando te puede llegar “el Tío del Mazo” a ponerte en tu sitio. Mis piernas marchaban a buen ritmo, entre ese 5.30 del inicio y el 5.45 de algún kilómetro con algo más de pendiente, pero sin bajones considerables.

Volvimos a la ciudad y entramos por un barrio en el que los ganteses aprovechaban el buen tiempo para hacer lo que uno tiene que hacer un domingo a las 12 de la mañana si no está corriendo como un poseso: tomarse unas cervezas con los amigos. 

La Belgoo Albert Stomp es una cerveza potente estilo ale, con un cierto tono amargo, esencias afrutadas y un final seco en boca. Los geles que toma el maratoniano de a pie sí que te dejan un tono amargo en boca, mezclado con los plátanos que te tomas durante la prueba y las bebidas isotónicas generan una mezcla en el estómago que hay que saber digerir si quieres tener un final seco y potente. Lo cierto es que mi carrera fue muy consistente de principio a fin, apenas decaí en el ritmo y me permití acelerar levemente (más leve que la espuma de la Stroom Brewers) en los últimos dos kilómetros.

La entrada en la meta estaba situada en un pabellón cubierto y allí entramos para hacer los últimos 195 metros sobre la pista de atletismo con las gradas repletas de gente. Fue una entrada fantástica y en mi cabeza hice algo parecido a un sprint final y levanté los brazos al cruzar la meta. Luego vi el vídeo de la organización y en realidad parecía más bien un tipo reumático acelerando para pillar el bus, pero el caso es que acabé muy satisfecho. 3 horas y 58 minutos, y una sensación pletórica. Muy positiva.

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